diumenge, 18 de juliol de 2010

COSMÉTICA, JOYAS, HIGIENE, PERFUMERÍA Y EL BAÑO MEDIEVAL

COSMÉTICA

En el Medievo, la mujer ideal tenía que ser rubia, pálida, con las mejillas de un color rojo vivo, los labios de color rojo, las cejas arqueadas y negras pero el cuerpo completamente carente de vello.
Ahora bien, ¿qué mujer está dotada por naturaleza de tal aspecto? los anaqueles estaban repletos de peines y de espejos, de polveras, limas y tijeras para las uñas, de pinzas para depilar pestañas y cejas, de algodón y de plumas para maquillarse los labios, de goma adragante y de azúcar de cebada fundido. Para las pelucas se utilizaban los pelos de los muertos.

Los tratados de medicina explican que el vello es la condensación de los vapores groseros, y que el exceso de humedad femenina que no se vierte naturalmente se transforma en espuma que es preciso eliminar. Se procede a la depilación con ayuda de tiras de tela impregnadas de resina, se destruyen los bulbos pilosos con agujas al rojo, y se emplean también horribles depilatorios.

Con el fin de sensibilizar a los hombres sobre la vanidad de los cosméticos, los predicadores narraban la historia de alguien que, tras haber seguido a una mujer por la calle, atraído por su bella cabellera rubia, la supera para verle el rostro y, sorpresa, ve la cara llena de arrugas de su mujer, consumida por cosméticos urticantes y depilatorios astringentes.
El maquillaje ciertamente era entendido como motivo de pecado.

Roger Bacon, médico del siglo XIII, menciona máscaras para la piel y lociones hechas a partir de raíces de flores.

JOYAS

Aún después de la caída de Roma se siguieron utilizando las formas y las técnicas de la joyería romana. Las tribus bárbaras del este de Europa, hábiles en el trabajo del metal, supieron combinar las tradiciones romanas (como la filigrana en oro y la forma de fíbula) con la tradición bizantina del alveolado, introduciendo sus propias variaciones regionales. Así, por ejemplo, el broche de alfiler pasó a ser circular, como los hallados en Francia y Escandinavia. Los broches circulares (con un alfiler que se sujetaba con el peso de la prenda atravesada) eran de uso común en Irlanda y la Bretaña celta. Los principales motivos celtas eran animales estilizados y complicados arabescos.

Encontramos numerosas joyas que servían para adornar vestidos y capas, considerándose la orfebrería
germánica como una de las más atractivas de la historia. Nos han quedado sortijas, anillos, pendientes, horquillas, broches, placas-hebillas, joyas que exclusivamente podían utilizar las mujeres como se ha podido constatar en los yacimientos arqueológicos. Estas joyas nos dan fe de la existencia de grandes fortunas.

Una técnica importante de la joyería medieval fue la colocación de finas capas de granate en los alvéolos del
metal, al estilo del esmalte alveolado. Ejemplos de este tipo de piezas son las hebillas y broches de la nave funeraria de Sutton Hoo del siglo VII (Museo Británico, Londres) y una corona incrustada con granates y cabujones (Real Armería de Madrid) que perteneció al rey visigodo Recesvinto. La famosa joya Alfred del siglo IX (Museo Ashmolean, Oxford) es una muestra de la técnica del alveolado.

A partir del siglo XI los broches, por lo general circulares, siguieron siendo una de las joyas más utilizadas, como, por ejemplo, el broche del águila del siglo XII (Museo de Maguncia, Alemania). Los anillos y los colgantes engastados o esmaltados (en forma de crucifijo, de cualquier otro motivo religioso o como relicario) eran otras formas típicas de joyería de la época.

En los siglos XIV y XV collares y joyeles (dijes prendidos en redecillas o cosidos a la ropa) se convirtieron en parte integrante del atuendo.

El esmalte pierde la preferencia y se reemplaza por los diamantes, adornos de botones de plata, oro o perlas.
Las hebillas incrustadas de pedrerías alcanzan dimensiones colosales. Hombres y mujeres llevan los dedos cargados de anillos.
La devoción introduce en el atuendo los rosarios, cuyas cuentas son de oro, de hueso, de cuerno, de marfil, de coral, de nácar, de ámbar o de azabache.

Uso de la joyería a través de una descripción idealizada de Carlomagno:
“Se cubría con un sayo azul y siempre ceñía una daga cuya empuñadura y cuya vaina eran de oro o de plata. A veces usaba una espada adornada de piedras preciosas, pero solamente en los días de las grandes fiestas (…) Los días de fiesta se presentaba con un vestido tejido en oro, un calzado adornado con piedras preciosas, una hebilla de oro con la que sujetaba el sayo, una diadema también de oro y luciendo piedras preciosas.” (Vida de Carlomagno, cap. XXIII)

HIGIENE

La mujer de la Edad Media soportó las consecuencias de una época caracterizada por la austeridad, las frecuentes guerras y las grandes epidemias.

El cuidado de la belleza resurge, sin embargo, en los siglos XI al XIII al organizarse en Occidente las Cruzadas para recuperar los llamados “Santos Lugares”, entonces en manos de los musulmanes.
Estas guerras originaron contactos e intercambios con otras culturas y consecuentemente se introdujeron nuevas técnicas sobre afeites y cosmética que suplieron las ya existentes en Europa.

La nobleza, en este período, se recluye en sus castillos. Son los vendedores ambulantes de bálsamos, artículos de tocador y hierbas medicinales, que van de castillo en castillo vendiendo sus productos, quienes conservarán y renovarán los secretos de la cosmética. Estos se guardan en la “muñeca para adornarse”, nombre que se le daba al tocador. El tocador medieval era un hermoso y complicado mueble, lleno de cajones y espejos que, al estar cerrados, daban al tocador la apariencia de un escritorio.

Durante los primeros siglos de la Edad Media los nobles no descuidaban la higiene personal. En las ciudades, los baños públicos eran visitados con frecuencia por éstos, mientras que en los castillos las damas se
bañaban con agua fría perfumada con hierbas aromáticas. Pero en la medida que la Edad Media avanza, estas costumbres se van olvidando. Los perfumes de fuerte olor sustituirán poco a poco a la más mínima higiene corporal.

PERFUMERÍA

Con la caída del Imperio Romano de Occidente, las innumerables guerras internas y las invasiones de los bárbaros, el mundo Occidental entro en una época oscura y de ignorancia y profundamente religiosa, donde los perfumes eran un objeto banal que no tenía cabida en esta sociedad.

Solo hasta fines del siglo XII es cuando comienza a revertirse esta situación, producto de la aparición de las primeras universidades donde se pudo re-estudiar los antiguos sistemas de fabricación y mejorarlos, además de la competencia existente entre alquimistas, el conocimiento de la destilación obtenida de los Árabes y el desarrollo del comercio con Oriente.

El incienso y la mirra siguieron siendo utilizadas para fines religiosos, sin embargo la Nobleza y la incipiente burguesía conocieron las capacidades higiénicas y medicinales de las fragancias. Las damas y cortesanas de aquella época se bañaban en agua de flores y se aceitaban el cuerpo con oleos perfumados, también era costumbre vaporizar los atuendos y habitaciones con aspersorios similares a los que eran utilizados en ceremonias religiosas.

Debe tenerse en cuenta que contrariamente a lo preconcebido en la Edad Media se utilizaron bastante las abluciones y el baño. La pomadera, un nuevo contenedor fue inventado y que era utilizado para colocar el ámbar, el almizcle, esencias aromáticas y las resinas. Este que tenía forma de globo metálico, dejaba salir los aromas a través de unos calados. A estas exhalaciones se le atribuían propiedades terapéuticas contra las epidemias y pestes, también se pensaba que eran un buen medicamento para la digestión, que curaban la impotencia sexual y mantenían los órganos sexuales femeninos.

Con el advenimiento de la burguesía y las flotas mercantes, Venecia se transformo en el centro de la perfumería, en ella se comercializaba la mayoría de las especias traídas desde Oriente, se dice que Marco Polo desde su viaje trajo pimienta, clavo de girasol y nuez moscada. Era igualmente conocido el jengibre, el azafrán, la canela y el cardamomo que fue traído por los mercaderes Árabes desde India y Ceilán, los
mercaderes asiáticos trajeron algunos productos desde China y Malasia y en Europa se cultivaba desde hacía tiempo atrás la albahaca, la salvia, el comino y el anís entre otras.

A fines del siglo XIV fueron conocidos los primeros perfumes con base alcohólica y aceites esenciales, que se conocían como aromas. El primero y mas famoso “El agua de la Reina de Hungría”. Este perfume según cuentan, le fue regalado a la anciana reina Isabel de Hungría por un monje en el año1380. La reina que tenía setenta y dos años, estaba bastante enferma y cuando bebió la decoción (se debe tener presente que las pociones en esa época eran bebidas), se mejoró y rejuveneció tanto que incluso el rey de Polonia de veinticinco años pidió su mano. La formula era una base de romero y mas tarde amortiguada con lavanda; era una mezcla simple de siete u ocho ingredientes.

Durante este siglo, los doctores durante las plagas, visitaban a sus pacientes provistos de una nariz falsa parecida al pico del ave tucán, fabricadas de cuero o papel mache y a las cuales se les impregnaba en
vinagres aromáticos en la punta. Esta practica llevo a que se les conociera como graznadores (quacks en ingles, sinónimo aun utilizado como equivalente a medicucho).

A fines del siglo XV Venecia pierde su monopolio, debido al descubrimiento de América, donde Portugueses y Españoles trajeron nuevas especias desde este nuevo continente (tabaco, canela, cacao, vainilla , etc).

En el siglo XVI los Holandeses también entraron en este negocio, pero a diferencia de los anteriores, ellos cuidaban la producción agrícola en el terreno mismo y llevaron muchas mejoras en la producción agrícola. Es en el siglo XVI cuando aparecen una gran cantidad de nuevos perfumes, eran principalmente de dos tipos; las simples o compuestas. Las primeras eran de una sola base principal (agua de lavanda, agua de rosa,
agua de azahar, etc) y la segunda cuando se mezclaban esencias de especias con flores y una base de almizcle o ámbar. Se los utilizaban con fines farmacéuticos y odorisante del cuerpo, ya que durante el renacimiento a diferencia de la edad Media la gente no tenía costumbre del baño, debido a que se consideraba que el agua era la portadora de las Pestes que azotaban a la población. Los perfumes eran
almacenados en frascos de vidrios o redomas. Se obtienen los frascos de cristal Veneciano, también se encuentran de metal poliforme con metales preciosos y pobres.

EL BAÑO MEDIEVAL

El baño fue durante toda la Edad Media una práctica muy extendida, sobre todo desde la época de las Cruzadas. Se veía en él, sobre todo en el baño caliente, que era el más gustado, tanto un motivo de placer como una práctica sanitaria e higiénica, aunque se tenían en gran estima, en cuanto a su eficacia, los baños medicinales y las aguas curativas.

Es cierto que se habían dejado derrumbarse las grandiosas termas romanas; en las míseras «casa de baños» de la Edad Media casi no se veían más que grandes tinas, en las que se metían juntos, no pocas veces, el hombre y la mujer; la gente jugaba en el baño, comía, bebía y cantaba.

La Edad Media tomó, además, de los eslavos los baños de vapor. A fines de la era medieval creció la
institución del baño y los placeres relacionados hasta que, a consecuencia de la sífilis, que las casas de baño contribuyeron a propagar, y del excesivo consumo de leña que llevaban aparejado, sobrevino un súbito retroceso.

Mucha gente se entregó ahora a los baños de aguas minerales en los manantiales vivos, a los que se atribuían sobre todo virtudes medicinales, aunque se quería seguir encontrando en ellos, muchas veces, los mismos placeres que antes se gozaban en las casas de baños.

Los hombres limitan los cuidados de embellecimiento a las grandes sudadas deportivas, a las abluciones y al masaje que las siguen, al uso del peine y de la navaja para los cabellos y la barba de acuerdo con los cánones de la moda. Y eso es todo lo que soporta la virilidad, si se le añaden algunas lociones.

La piel limpia, lisa, brillante, y todo el cuerpo en proporción, es el resultado de repetidos baños y de un prolongado esfuerzo, que los ungüentos se ocupan de perfeccionar.

La gente suele bañarse de dos maneras: en el agua del baño o en el vapor de la estufa, sola o por grupos. Cuando uno se baña a domicilio, el baño se prepara en la alcoba, cerca del fuego que sirve para calentar el agua. La pieza fundamental para el baño era la duerna o tina de madera, la cual se cobijaba bajo cortinillas y, a veces, se forraba en su interior con lienzos, para que su textura resultase más suave, uniforme y grata al tacto. En el agua se echan plantas olorosas, según una receta de Galeno, y se rocía al bañista con pétalos de rosa.

En el campo, la práctica del baño no se halla menos extendida que en la ciudad. Dentro de casa o fuera de ella, uno se encoge en un balde de agua caliente, bajo una sábana extendida que conserva el calor y convierte el baño en baño de vapor. También pueden bañarse a la vez dos personas, o varias: la hospitalidad y la sociabilidad favorecen los rituales, por ejemplo el baño de los vendimiadores o el que toman juntos, la víspera de la boda, el novio con sus compañeros de juventud, y la novia con sus amigas.

Fuera de casa se acudía con frecuencia a los establecimientos, a veces administrados por la comunidad. Entre ellos los había que añadían a las abluciones la cura termal.

Al norte de los Alpes, la práctica de la estufa es muy antigua y está muy difundida. La sauna es una costumbre muy divulgada en el mundo eslavo y germánico; en la mayor parte de las aldeas, la estufa, señala por la muestra de haz de ramas frondosas, funcionaba algunos días de la semana.

Un poema épico austriaco de finales del siglo XIII, describe con gran lujo de detalles todas las fases del baño de vapor que toman juntos un caballero y su criado, entre otros. En cuanto el encargado del baño hace sonar la trompa, la gente afluye, descalza y desceñida, con la camisa de baño o la bata al brazo; se acuesta sobre los bancos de madera, en la penumbra del vapor, alrededor de las piedras calientes que se rocían con agua cada cierto tiempo, a la vez que las masajistas, con ungüentos perfumados, llevan a cabo su labor sobre la espalda, los brazos y las piernas, y cada uno se frota el cuerpo con cenizas y jabón o activa la sudación a fuerza de ramalazos. Luego viene el peluquero, que arregla la barba y el pelo; y finalmente se pone todo el mundo su bata para tenderse en un lecho en una pieza vecina con sábanas perfumadas.